PATRIMONIOS | X. Semana Santa en la Subbética: guía para perplejos
A través de esta sección denominada Patrimonios de la Subbética, el reconocido director del Ecomuseo del río Caicena y Museo Histórico de Almedinilla, Ignacio Muñiz, te invita a descubrir el rico patrimonio de nuestra tierra de forma amplia y transversal.
Una cita quincenal en la que abordamos de manera vivencial y literaria la riqueza del pasado y presente de la Subbética, paseando a través de su patrimonio histórico, arqueológico, etnológico, o medioambiental de esta rica comarca nacida en el corazón de Andalucía.
En esta décima entrega, nos sumergimos en un viaje sensorial y simbólico por la Semana Santa de la Subbética, donde tradición, emoción y memoria colectiva se entrelazan con ecos de antiguas creencias. A través de un relato que combina lo histórico, lo etnográfico y lo íntimo, exploramos cómo estas celebraciones, únicas en cada pueblo, conectan con ritos ancestrales de muerte y renacimiento, desde la imaginería barroca hasta los mitos de Cibeles y Atis.
Una mirada profunda que trasciende lo religioso para adentrarse en lo universal y atemporal, revelando cómo, entre inciensos, saetas y procesiones, pervive una misma necesidad humana: entender el ciclo de la vida, la pérdida y la esperanza.
“¡Oh dioses!,
si es vuestro el apiadarse,
o si a veces a algunos llevasteis, ya en la misma muerte, la ayuda extrema,
vedme propicios, triste, y, si la vida llevé puramente, esta desventura quitadme,
y esta muerte que, como una torpeza, en lo hondo de los miembros entrándome,
expulsó del pecho todas las alegrías.
No pido ya esto: que aquélla por su parte me ame,
o, lo que no es posible, que ser honesta quiera.
Yo mismo sanar escojo, y deponer este morbo sombrío.
¡Oh dioses!, esto a mí, por mi piedad, volvedme” (1)
El 20 de marzo pasado entró la primavera con su equinocio en mitad del ecuador, cuando el Sol se encuentra más exacto entre el Este y el Oeste. Son fechas floridas que anuncian inciensos y penitencias, pasiones desbordadas donde se dan cita fiestas de aromas muy antiguos. Hay que celebrar el renacer después de un invierno largo y oscuro, en retornos repetidos y renovados. La Semana Santa recoge esa tradición postrera y la lleva a la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
En Andalucía son momentos especiales por el fenómeno cultural que acontece, un delirio barroco que une aromas, sabores y memorias, con familias, vecinos y cofradías en una suerte de regresos y reencuentros. Cada lugar tiene sus particularidades, y la Subbética Cordobesa tiene las suyas propias con escenificaciones bíblicas, turbas de judíos, saetas características...y hasta un carnaval en Carcabuey (la Pascua de los Moraos, el Domingo de Resurección).
Teatro popular y procesiones que representan escenas de la Pasión en Iznájar; "Añafiles" y "abejorros" (trompetas largas), el rompevelos en la madrugada del Viernes Santo y las saetas originales en Cabra; "Rezaores" y pregoneros con textos del siglo XV en Doña Mencía; imaginería de Pablo de Rojas en Priego con los sonidos del Pestíñez y el Bacalao...y la algarabía y el estruendo de la subida al Calvario el Viernes Santo por la mañana; la santería de Lucena y sus pasos al hombro; el Domingo de Resurección en Benamejí; el Sermón de la Tres Horas y la centuria romana de Palenciana; la procesión del silencio el viernes de madrugada en Luque; las Negaciones de Judas el viernes en Zuheros; y el mismo día en Encinas Reales el “Encuentro”; la imaginería de Ruiz del Peral y Salvador Gutiérrez de León en Rute; la austeridad en Fuente Tójar.
En un alarde de efectismo barroco, en la mayoría de los pueblos de la Subbética el brazo del Nazareno se mueve el Viernes Santo por la mañana para poder dar la bendición a los presentes, así como a los hornazos (masa de harina, agua y sal, sin levadura, con forma de ave y un huevo cocido en el interior). Un mecanismo interior hace mover el brazo derecho de las tallas de los nazarenos permitiendo realizar de este modo el signo de la bendición, momentos antes de “encerrar” el Paso al término de estas procesiones cubiertas de violeta (el color símbolo de la penitencia, el sacrificio, la oración y la conversión) donde una Madre y un Hijo se reencuentran por las esquinas.
Y en algún rincón de la memoria, de alguna manera, la gran diosa madre presente: Cibeles. Aquella madre de todos los dioses y todos los hombres, triunfante en su carro tirado por dos leones (símbolo de la fuerza de la Naturaleza) que entronca con la diosa neolítica de Çatal Hüyuk, la diosa fenicia Astarté, la Rea de los griegos (esposa de Cronos y madre de todos los dioses), Demeter, Artemisa o la Gran Madre (Magna Mater) de los romanos .Y su hijo: Atis, hijo y marido al mismo tiempo de Cibeles.
Según el mito, Zeus-Júpier (padre de todos los dioses) durante un sueño dejó caer semen sobre una roca y la fecundó, pariendo a un ser hermafrodita llamado Agdistis. Las demás deidades, envidiosas, le cortaron las partes viriles y las arrojaron al suelo, naciendo de ellas un almendro cuyos frutos fueron tomados por la ninfa Nana quedando embarazada y dando a luz a un niño llamado Atis. Atis fue adorado por pastores, alimentado y cuidado por un macho cabrío. De gran belleza, Cibeles se enamoró de él y contrajo matrimonio a cambio de su fidelidad. Pero Atis le quiso ser infiel con la hija del rey de Pesinunte y, al ver a la diosa, el hermoso Atis enloqueció y en su furor se emasculó bajo un pino y murió, brotando de la sangre caída un granado y violetas.
Desde entonces Atis nace el 24 de diciembre (solsticio de invierno) y muere y renace en primavera (equinocio de primavera) donde se celebraba su Pasión (muerte y resurrección) en unas festividades que procesionaban imágenes y pinos. Las principales fiestas a Atis y Cibeles eran las llamadas ATTIDEIAS (15-24 marzo) y las HILARIAS (alegría). El 15 de marzo (canna intrat) entraba el dios en el templo de Cibeles, se llevaba a cabo el bautismo con el Taurobolio (sacrificio del toro y embadurnado en su sangre el fiel renacía) simbolizando el matrimonio sagrado (Hierogamia) con Cibeles (a través de una sacerdotisa) y se ofrecían los testículos del toro (en sustitución de los propios)… aunque los sacerdotes, los llamados galli, se castran de verdad (como hizo Atis) dando su masculinidad como ofrenda.
El 22 de marzo el árbol entró (arbor intrat) talando un pino que se instalaba en el templo (su tronco se amortajaba con lana y sus ramas se adornaban con guirnaldas de violetas). El 23 de marzo era un día de luto y el 24 el día de la sangre (sanguis) con ritos frenéticos incluyendo flagelaciones, azotes y arañazos con piñas (los galli se herían y los neófitos efectuaban rituales de castración). El árbol se enterraba simbólicamente y el 25 de marzo se celebraba el día de la alegría (Hilaria) festejando la resurrección de Atis con gran jolgorio (en oposición al tono triste de los días anteriores). El 26 de marzo era un día de descanso (requietio) y el 27 se llevaba a cabo el lavado (lavatio) o fiesta de exaltación de Cibeles.
En un primer nivel de acercamiento al mito podríamos hablar, de la mano de la psicología, del complejo del incesto o del sentimiento de culpa por desobedecer al dios y cómo resolver esa culpa. En un segundo nivel de acercamiento podríamos entender cómo la separación de la Unidad (a través de la búsqueda de la individualidad) produce una quiebra que ha de restablecerse. En cualquier caso, el mito de Cibeles y Atis hacía penetrar a sus iniciados en el misterio de la muerte y la resurrección, los grandes opuestos que alternativamente gobiernan el cosmos... algo similar a lo que hoy seguimos celebrando.
Atis en la Subbética
Pues bien, tenemos en la Subbética la escultura romana de Atis encontrada en la villa de El Ruedo en Almedinilla (y expuesta en el Museo Histórico de la localidad) escultura realizada en caliza de color amarillo con vetas anaranjadas y violáceas (procede de las canteras de Chemtou-Túnez) de 60 cm. de altura y en actitud pensante, así como vestido con el atuendo oriental: manto caído por la espalda y anudado al hombro izquierdo con fíbula circular, tunicata manicata ceñida con ancho cinturón (con plegados rígidos y lineales en el pectoral) y las típicas anaxyrides o calzas persas anudadas con cintas en los tobillos.
Y al abrigo de la escultura romana del Atis de Almedinilla, quisiera compartir un recuerdo de hace décadas que puede ayudar a entender perplejidades, cuando invité a una amiga alemana a pasar unos días de Semana Santa en Almedinilla. Antje no conocía Andalucía ni su Semana Santa, pero al paso de las procesiones no nos parábamos a comentar nada: semejante espectáculo barroco era totalmente desconocido para ella y no le despertaba ningún interés. No obstante, el Viernes Santo por la mañana le dije de asistir al cierre de la procesión de Almedinilla, observando la escena última desde el balcón de la casa de mi bisabuela.
Estuvimos en silencio viendo los olores y escuchando los colores. En una mañana de luz incierta, esa que hace casi irreal a la primavera en estos días psicodélicos, el incienso y la cera se mezclaban con el azahar, el lirio, el clavel y la rosa blanca, creando un aroma casi profiláctico. Sobre la plaza la Virgen y el Nazareno se miraban, balanceándose al compás de la Banda de Música. De repente varios espontáneos y varias saetas rompieron el estruendo llevándolo a la confesión más íntima, mientras el público alzaba los hornazos al cielo y el brazo del Nazareno bendecía el escenario. A continuación, el estrépito volvió con la Banda de Música y los giros imposibles de los dos Pasos (con los costaleros alzando los brazos y levantando el trono) en un baile casi de manía dionisiaca.
Fue en ese momento cuando advertí que a Antjie le caían sendas lagrimas por el rostro, mientras me miraba con perplejidad y me preguntaba asombrada: ¿Qué me está pasando, Nacho, qué me está pasando?.
(1) Catulo