“El vino es abatido y cae de bruces,
expulsando por su boca un aroma violento;
la copa es un caballo alazán que da vueltas,
con un sudor en el que fluyen las burbujas;
corre con el vino y la copa, una luna” (1)
Con las uvas recogidas este verano, ya con el Montilla-Moriles renaciendo en las barricas, es momento para referirnos al dios del vino: Baco o Dionisos, de cuyo ejemplo tenemos en el Museo de Cabra la magnífica escultura romana de cuerpo entero encontrada en la villa del Mitra (unido al mosaico donde se representa su “Triunfo”) así como tres cabecitas que representan al dios grecorromano ubicadas en el Museo de Fuente-Tójar, el Museo Histórico de Priego y en el Museo Histórico de Almedinilla (esta última encontrada en la villa romana de El Ruedo).
Los cultos a Dionisos, dios del vino como símbolo de muerte y vida, fueron los más extendidos en la Antigüedad, de carácter mistéricos por su vinculación con la muerte y la resurrección (expresado en los simposia o banquetes funerarios) creó una religión muy vinculada a las mujeres. Para las mujeres su culto suponía una liberación del trabajo de la casa, de las leyes estatales y de los compromisos públicos y privados. El deseo de evasión a lugares idílicos, abandonando la ciudad, era acompañado por el coro de mujeres enloquecidas por el éxtasis dionisíaco: las ménades o bacantes.
Y es que los cultos dionisíacos ponían en peligro de alguna manera el orden establecido, sobre todo el poder patriarcal. Los hombres tenían miedo de las mujeres enloquecidas por el éxtasis dionisíaco, y no sólo por ellas sino por la masa de desheredados, con grandes problemas económicos y sociales, que las acompañaban. Ello provocó que en el año 186 antes de Cristo un decreto del Senado romano (el llamado Senatus consultum de Bacchanalibus, inscrito en una tablilla de bronce descubierta en Calabria en el año 1640 y actualmente en Viena) prohibiera las bacanales (excepto en ciertas ocasiones especiales que debían ser aprobadas específicamente por el Senado).
Pero a pesar del severo castigo infligido a quienes violaban este decreto, las bacanales no fueron sofocadas. Además el éxito de este tipo de culto resurgió en tiempos del Imperio y los cultos dionisíacos volvieron a tener gran influencia en la sociedad romana, especialmente ahora entre las clases ricas y élites sociales preocupadas ante las nuevas ideas, como la de la inmortalidad, aportadas por las diferentes religiones mistéricas como la báquica.
Dionisos es el hijo de Zeus (padre de todos los dioses) y Sémele (virgen y mortal). Zeus recupera el corazón de Dionisos (después de ser descuartizado por los Titanes) y triturado se lo da a beber a Sémele que queda embarazada (según una de las versiones del mito). La madre muere antes de parir y el nonato es injertado en el muslo de Zeus, de donde volverá a nacer.
El séquito de Dionisos era el llamado "tíaso", formado principalmente por su mujer Ariadna, las ménades (sus compañeras de orgía) junto a sátiros, centauros y silenos. El león, el toro, la serpiente, el leopardo, la pantera, el zorro, la cabra son otros animales asociados a Dionisos, y la fruta de la granada (que lo relaciona con Démeter y Perséfone), la piña, la hiedra, la higuera, el mirto y la parra eran los signos vegetales de la característica atmósfera dionisiaca. La música también tenía en el ritual dionisíaco un papel relevante como elemento terapéutico y purificador, realizando la catarsis del alma, con instrumentos como el aulós (doble flauta), címbalos, crótalos, y tympanum que acompañaban al grito repetido de las peregrinas y peregrinos: ¡EVOHÉ!, una especie de "Viva la vida".
En la escultura del Museo de Cabra se nos presenta como joven efebo, desnudo con su corona de uvas y su “tirso” (palo con una piña en la punta) que sostiene con la mano izquierda al tiempo que con la derecha agarra una crátera para servir el vino, mientras un leoncillo a sus pies le mira con atención.
No hubo muchos templos dedicados a este dios, y los sacerdotes y sacerdotisas iban en peregrinación utilizando los bosques y los espacios naturales (en el límite de la ciudad) así como los jardines de las viviendas privadas para realizar sus cultos. Dios liminal entre la naturaleza salvaje y la civilización, el jardín se convirtió en el símbolo del parnaso y paraíso divino tras la muerte.
Dionisos, dios de las contradicciones, los extremos, la locura (mania) a la que se llegaba a través del éxtasis (entusiasmos), dual y hermafrodita, a un tiempo masculino y femenino, era pues el dios de la naturaleza salvaje, de la agricultura y el cultivo de la vid, dios que muere y renace cíclicamente que podemos celebrar visitando nuestros museos locales o cualquiera de las bodegas de vino de nuestra Subbética (como la del Museo del Vino de las antiguas Bodegas Lama en Doña Mencía) al grito, eso sí, de Evohé y Vinum vita est .
(1) Poema del andalusí Ibn Jafaya (siglo XI)